
Aquí
presentamos dos textos clásicos que, sin embargo, nos hablan de un
fenómeno de rabiosa actualidad: los movimientos sociales, su
instrumentalización por parte de los poderes facticos y la estrategia
libertaria en contacto con dichos movimientos.
En el primer texto (fragmento de La Política de la Internacional
[1869]), de Bakunin, éste nos alerta de los peligros de los movimientos
sociales “prefabricados”. Nos habla de cómo todo movimiento que
anteponga las reivindicaciones puramente políticas (¿les suenan la
reforma de la ley electoral, la petición de listas abiertas, etc.?) a
las económicas y sociales (garantizar, por ejemplo, el libre acceso al
consumo) es un movimiento controlado de raíz por los intereses burgueses
(con independencia de la ideología de estos, que puede oscilar del
conservadurismo convencional y el fascismo más descarado a las opciones
“izquierdistas” de la órbita de IU, Equo, etc., pasando por esa sopa
aparentemente neutra y mojigata que representa DRY) y dirigido contra
los que sustentan toda agitación social: los obreros y marginados.
El texto de Malatesta (fragmento de En Tiempo de Elecciones
[1890]), nos habla, no obstante, de cuál debe ser la actuación
anarquista al intervenir en cualquier movimiento de cariz popular: ser
pueblo, reivindicar con él y trabajar para que éste amplíe sus miras,
profundice sus expectativas y esté siempre dispuesto a mirar más alto y
más lejos, a exigir más y, finalmente, a tomarlo todo. Es ahí donde debe
incidir la tensión anarquista.

Bakunin y el 15-M
[…] Hay […] una categoría de burgueses que no tienen ni […] franqueza ni
[…] coraje. Enemigos de la liquidación social a la que nosotros
llamamos con todo el poder de nuestra alma como a un gran acto de
justicia, como el punto de partida necesario y la base indispensable de
una organización igualitaria y racional de la sociedad, ellos quieren como todos los otros burgueses conservar la desigualdad económica, fuente eterna de todas las otras desigualdades. Al
mismo tiempo pretenden querer como nosotros la emancipación integral
del trabajador y de su trabajo, mantienen contra nosotros, con una
pasión digna de los burgueses más reaccionarios, la causa misma de la
esclavitud del proletariado, la separación del trabajo y de la propiedad
inmobiliaria o capitalizada, representada hoy por dos clases diferentes
y ellos se sitúan, sin embargo, como los apóstoles de la liberación de
la clase obrera del yugo de la propiedad y del capital.
¿Se equivocan o engañan? Algunos de ellos se equivocan con buena fe. Muchos engañan. La mayoría se equivoca y engaña a la vez.
[Cuando la burguesía quiere modificar determinados elementos del propio
sistema que ella ha creado, necesita ayuda] esa ayuda no puede ser otra
que la del proletariado. Hay que ganárselo entonces. ¿Pero cómo ganarlo?
[…] Prometámosles reformas
económicas y sociales a condición de que quieran respetar las bases de
la civilización y de la omnipotencia burguesa: la propiedad individual y
hereditaria, el interés sobre el capital y la renta de la tierra.
Persuadámoslos que sólo bajo esas condiciones, que además nos aseguran
la dominación y a los trabajadores la esclavitud, éstos podrán ser
emancipados.
Más aún, hay que persuadirlos
que, para realizar todas esas reformas sociales, primero hay que hacer
una revolución política, exclusivamente política, tan roja como les
guste desde el punto de vista político, con gran derribo de cabezas si
eso fuera necesario, pero con el más grande respeto por la santa
propiedad. Una revolución absolutamente jacobina, en una palabra,
que nos convertirá en dueños de la situación y una vez dueños, les
daremos a los obreros lo que podamos y lo que queramos.
Es éste un signo infalible por
el cual los obreros pueden reconocer un falso socialista, un socialista
burgués. Si en lugar de hablar de revolución o si se quiere de
transformación social, él les dice que la transformación política debe preceder la
transformación económica; si niega que ellas deben hacerse las dos a la
vez o incluso que la revolución política no debe ser otra cosa que la
puesta en acción inmediata y directa de la plena y entera liquidación
social, que el obrero le dé la espalda pues o es un tonto, o un
hipócrita explotador.
[…] Está claro que todo movimiento político que no tenga por objeto inmediato y directo la emancipación económica definitiva y completa de los trabajadores y que no haya inscripto sobre su bandera, de una manera determinada y muy clara el principio de la igualdad económica, lo que quiere decir la restitución integral del capital al trabajo o la liquidación social, todo movimiento político semejante es burgués. Cuando [los burgueses] declaran que “la libertad política es la condición previa
a la emancipación económica” no pueden significar esas palabras otra
cosa que esto: las reformas o la revolución políticas deben preceder las reformas o la revolución económica.
Los obreros deben, por consiguiente, aliarse a los burgueses más o
menos radicales, para llevar a cabo en un primer tiempo estas primeras
reformas, para luego estar contra ellos y realizar las últimas.
Protestamos abiertamente contra
esta funesta teoría que no podría finalizar, para los trabajadores, más
que en hacerlos servir, una vez más, de instrumento contra ellos mismos
y entregarlos de nuevo a la explotación de los burgueses.
Conquistar la libertad política primero
no puede significar otra cosa que conquistarla en primer lugar, dejando
al menos, durante los primeros días, las relaciones económicas y
sociales en el estado que están, es decir los propietarios y los
capitalistas con su insolente riqueza, y los trabajadores con su
pobreza.
Pero esta libertad una vez conquistada, dicen, servirá a los trabajadores de instrumento para conquistar más tarde la igualdad o la justicia económica.
La libertad, en efecto, es un instrumento mágico y poderoso. Todo está
en saber si los trabajadores podrán realmente servirse de ella, si ella
estará realmente en su posesión, o si, como ha sido siempre hasta ahora,
su libertad política no sería más que una apariencia engañosa, una ficción.
Un obrero, en su situación económica presente, al que se le habla de
libertad política, podría responder con la letra de una canción muy
conocida:
No hablen de libertad.
La pobreza es la esclavitud.
Y en efecto, es preciso estar enamorado de las ilusiones para imaginarse
que un obrero, en las condiciones económicas y sociales en las que se
encuentra actualmente, pueda aprovechar plenamente, hacer un uso serio y
real de su libertad política.
[…] Sea como fuere y se dijere,
mientras el trabajador quede sumergido en su estado actual, no habrá
para él ninguna libertad posible y aquellos que lo incitan a conquistar
las libertades políticas sin tocar primero las candentes cuestiones del
socialismo, sin pronunciar esa palabra que hace palidecer a los
burgueses: la liquidación social, le dicen simplemente: conquista
primero esta libertad para nosotros para que más tarde podamos nosotros
servirnos de ella contra ti.
Malatesta y el 15-M
[…] Basta saber lo que se quiere y quererlo firmemente para encontrar
mil cosas útiles para hacer. Ante todo, propaguemos los verdaderos
principios socialistas, y en lugar de contar mentiras y dar falsas
esperanzas a los electores y a los no electores, incitemos en esas
mentes el espíritu de rebelión y el desprecio al parlamentarismo.
Hagamos de modo que los trabajadores no voten, y que las elecciones se
las hagan ellos, gobierno y capitalistas, en medio de la indiferencia y
del desprecio del pueblo; porque cuando se ha destruido la fe en las
urnas, nace lógicamente la necesidad de hacer la revolución. Vayamos a
los grupos y a las reuniones electorales, pero para desbaratar los
planes y las mentiras de los candidatos, y para explicar siempre los
principios socialistas-anárquicos, es decir, la necesidad de quitar el
gobierno y desposeer a los propietarios. Entremos en todos los
sindicatos obreros, hagamos otros nuevos, y siempre para hacer la
propaganda y hablar de todo aquello que debemos hacer para emanciparnos.
Pongámonos en la primera fila
en las huelgas, provoquémoslas siempre para ahondar el abismo entre
patronos y obreros y empujemos siempre las cosas cuanto más adelante
mejor. Hagamos comprender a todos aquellos que mueren de hambre y de
frío, que todas las mercancías que llenan los almacenes les pertenecen a
ellos, porque ellos fueron los únicos constructores, e incitémosles y
ayudémosles para que las tomen. Cuando suceda alguna rebelión
espontánea, como varias veces ha acontecido, corramos a mezclarnos y
busquemos de hacer consistente el movimiento exponiéndonos a los
peligros y luchando juntos con el pueblo. Luego, en la práctica, surgen
las ideas, se presentan las ocasiones. Organicemos, por ejemplo, un
movimiento para no pagar los alquileres; persuadamos a los trabajadores
del campo de que se lleven las cosechas para sus casas, y si podemos,
ayudémoslos a llevárselas y a luchar contra dueños y guardias que no
quieran permitirlo. Organicemos movimientos para obligar a los
municipios a que hagan aquellas cosas grandes o chicas que el pueblo
desee urgentemente, como, por ejemplo, quitar los impuestos que gravan
todos los artículos de primera necesidad. Quedémonos siempre en medio de
la masa popular y acostumbrémosla a tomarse aquellas libertades que con
las buenas formas legales nunca le serían concedidas.
En
resumen: cada cual haga lo que pueda según el lugar y el ambiente en
que se encuentra, tomando como punto de partida los deseos prácticos del
pueblo, y excitándole siempre nuevos deseos. Y en medio de toda esta
actividad, vayamos eligiendo aquellos elementos que poco a poco van
comprendiendo y aceptando con entusiasmo nuestras ideas; juntémonos en
pacto mutuo, y preparemos así las fuerzas para una acción decisiva y
general.